Baldomero Fernandez Moreno

Nació en San Telmo en 1886. Su poesía, universal y hondamente nacional al mismo tiempo, ha inmortalizado la estética de los barrios porteños y la cálida placidez de las provincias. Sus versos son cuidados y sencillos y llega al lector con la fuerza de las cosas simples, pero hondas. Tenía un especial cuidado de la palabra y una lírica permanentemente emotiva.

SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR

Este poema tiene una historia particular: Está inspirado en un edificio que queda en Buenos Aires, en la esquina de Corrientes y Pueyrredón. Hoy en día funcionan solo oficinas, pero hace muchos años se dice que el hijo de un portero, se enamoro de una chica que vivía allí, como eran de diferentes clases sociales, los padres de la chica no estaban de acuerdo con esta relación, la cual se hizo publica y los vecinos del edificio, como modo de protesta a favor de los enamorados, decidieron no poner ninguna planta o flor en todos los balcones del edificio.

 

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y  ninguna flor.
¿A sus habitantes Señor, qué les pasa?
¿Odian  el perfume, odian el color?
La piedra desnuda de tristeza agobia.
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún  poeta bobo de ilusiones?
¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?
Si no aman las plantas, no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá una clave.
 ¡Setenta balcones y ninguna flor!     

ADIÓS

Adiós la casa blanca que albergó un año entero
Entre sus cuatro muros el amor verdadero.

Adiós campos extensos, polvorientos caminos.
Adiós los pobres ranchos de los pobres  vecinos.

Adiós los trigos de oro, adiós verdes maizales,
las refinadas hierbas, los bravos pajonales.

Adiós toros y vacas, caballos, yeguas.
El tren nos va a llevar a muchísimas leguas.

Sé que soy un ingrato, casa mía, al dejarte.
La paz que hube en tu seno, no la habré en otra parte.

Más regalada mesa no la tendré en la vida,
ni en noche más oscura la cama más mullida.

En vano me sonríe tímida, la esperanza.
La angustia que me oprime ¡Oh casa! es tu venganza.

 

AUSENCIA

Es menester que vengas,
mi vida  con tu ausencia, se ha deshecho.
Y torno a ser el hombre abandonado
que antaño fuí, mujer, y tengo miedo.

¡Qué sabia dirección la de tus manos!
¡Qué alta luz la de tus ojos negros!
Trabajar a tu lado ¡qué alegría!;
descansar a tu lado ¡qué sosiego!

Desde que tú no estás, no sé cómo andan
las horas del comer y las del sueño,
siempre de mal humor y fatigado,
ni abro los libros ya, ni escribo versos.

Algunas estrofillas se me ocurren
e indiferente al aire las entrego.
Nadie cambia mi pluma si está vieja
ni pone tinta fresca en el tintero.
Un polvillo sutil cubre los muebles
y el agua se ha podrido en los floreros.

No tienen para mí ningún encanto
a no ser los marchitos del recuerdo,
los amables rincones de la casa,
y ni salgo al jardín, ni voy al huerto.
Y eso que una violenta primavera,
ha encendido las rosas en los cercos
y ha puesto tantas rosas en los árboles
que encontrarías al jardín pequeño.

Hay lilas de suavísimos matices
y pensamientos de hondo terciopelo,
pero yo paso al lado de las flores
caída la cabeza sobre el pecho,
que hasta las flores me parecen ásperas
acostumbrado a acariciar tu cuerpo.

Me consumo de amor inútilmente
en el antiguo, torneado lecho,
en vano estiro mis delgados brazos,
tan sólo estrujo sombras en mis dedos.

Es menester que vengas;
mi vida con tu ausencia, se ha deshecho.
Ya sabes que sin ti no valgo nada,
que soy como una viña por el suelo.
¡Álzame suavemente con tus manos
y brillarán al sol racimos nuevos!