GABRIELA MISTRAL

Esta reconocida poetisa, diplomática y pedagoga chilena,  nació con el nombre de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, en Vicuña, Chile, un 7 de abril de 1889. falleció el 10 de enero de 1957, en la ciudad de Nueva York. Fue profesora, cónsul de Chile en Europa y América, obtuvo el primer Premio Nobel otorgado a una escritora americana y dejó miles de escritos, cartas y poemas como legado trascendental de su vida rural y sencilla.

 

 

DOÑA PRIMAVERA

 

Doña primavera

viste que es primor,

viste en limonero

y en naranjo en flor.

 

Lleva por sandalias

unas anchas hojas,

y por caravanas

unas fucsias rojas.

 

Salid a encontrarla

 

por esos caminos.

¡Va loca de soles

y loca de trinos!

 

Doña Primavera

de aliento fecundo,

se ríe de todas

las penas del mundo…

 

No cree al que le hable

de las vidas ruines.

¿Cómo va a toparlas

entre los jazmines?

 

¿Cómo va a encontrarlas

junto de las fuentes

de espejos dorados

y cantos ardientes?

 

De la tierra enferma

en las pardas grietas,

enciende rosales

de rojas piruetas.

 

Pone sus encajes,

prende sus verduras

en la piedra triste

de las sepulturas…

 

 

Doña Primavera

de manos gloriosas,

haz que por la vida

derramemos rosas.

 

Rosas de alegría,

rosas de perdón,

rosas de cariño

y de exultación.

 

 

ME TUVISTE

 

Duérmete mi niño,

duérmete sonriendo,

que es la ronda de astros

que te va meciendo.

 

Gozaste la luz

y fuiste feliz.

Todo bien tuviste

al tenerme a mí.

 

Duérmete mi niño,

duérmete sonriendo,

que es la Tierra amante

quién te va meciendo.

 

Miraste la ardiente

rosa carmesí.

Estrechaste al mundo

me estrechaste a mí.

 

Duérmete mi niño,

duérmete sonriendo,

que es Dios en la sombra

el que va meciendo.

 

LA NOCHE

 

Para que duermas, hijo mío

el ocaso no arde más;

no hay más brillo que el rocío,

más blancura que mi faz.

 

Para que duermas hijo mío,

el camino enmudeció;

nadie gime, sino el río,

nada existe, sino yo.

 

Se anegó de niebla el llano.

Se encogió el suspiro azul.

Se ha posado como mano

sobre el mundo la quietud.

 

Yo no solo fui meciendo

a mi niño en mi cantar;

a la tierra iba durmiendo

el vaivén del acunar.

 

DESOLACION

La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
Me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
La tierra a la que vine no tiene primavera:
Tiene su noche larga que cual madre me esconde.

El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
Y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
Miro morir intensos ocasos dolorosos.

¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
Si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
Crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
Vienen de tierras donde no están los que son míos;
Y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos
Sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

Y la interrogación que sube a mi garganta
Al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
Hablan extrañas lenguas y no la conmovida
Lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.

Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
Miro crecer la niebla como el agonizante,
Y por no enloquecer no encuentro los instantes,
Porque la noche larga ahora tan solo empieza.

Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
Que vine para ver los paisajes mortales.
La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
¡Siempre será su altura bajando de los cielos!

Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
De Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
Siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
Descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

DAME LA MANO

Dame la mano y danzaremos;
Dame la mano y me amarás.
Como una sola flor seremos,
Como una flor, y nada más.

El mismo verso cantaremos,
Al mismo paso bailarás.
Como una espiga ondularemos,
Como una espiga, y nada más.

Te llamas Rosa y yo Esperanza;
Pero tu nombre olvidarás,
Porque seremos una danza
En la colina, y nada más.

 

NIEBLA

La niebla ha ido adensándose
En forro azul -ceniciento
Y cegando el mar nos hurta
La nidada de archipiélagos:
Hembra tramposa y ladina
Que marcha con pasos lerdos.
Difumina a Chiloé,
Llega hasta Tierra del Fuego
Y trueca en malabaristas
Lomos de niño y de ciervo,
Y mi bulto escamotea
Sólo porque lloren ellos.

Ya las trampas le conozco
De redondear del cerco
Y hacer “la gallina ciega”
Con el pastor o el arriero.
Ella ahora esta jugándonos
El su sempiterno juego
Y urde ballenas y pulpos
De un vago mar hechicero.
Nos da por bien ahogados,
Perdidos y prisioneros,
Aunque estamos bajo de ella,
Como Dios nos hizo: enteros.

Les cuchicheo a mis críos
Que no es bulto, que es resuello,
Que no es brazo de ahogarnos,
Que es, no más, bostezo muerto,
Que no peleamos con héroe
Sino con blanco esperpento.
Y el huevo azul entreabrimos
A lancetadas de acentos
Y se lo desbaratamos
Con los dos calientes cuerpos.

En el acuario de niebla,
Acribillado de engendros,
El remador de tres mares
Se ha puesto a contar sucesos;
Dicen los lentos canales,
Romances los estrechos
Como quien devana mundos
Con las manos y los gestos.
Ahora el viejo está contando
El largo relato añejo,
De las costas masticadas
Por el mar de duros belfos
Y está diciendo a la Antártida
Qué habemos y qué no habemos.

La Antártida de su boca
Sube como alción en vuelo,
El blanco animal divino,
Engolado y soñoliento.
Así con ella dormimos
Fraternales y mansuetos,
La bestezuela del símbolo
Y el indio calenturiento.

No acabamos en donde
Se acaba igual que en los cuentos,
La Madraza que es la tierra
Y acaba con santo silencio;
Pero los tres alcanzamos
El apretadón secreto,
El blancor no conocido,
El intocado misterio.


SONETOS DE LA MUERTE

 

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
Te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
Y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
Dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
Y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
Al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
Y en la azulada y leve polvareda de luna,
Los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡Porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
Bajará a disputarme tu puñado de huesos!

II

Este largo cansancio se hará mayor un día,
Y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
Arrastrando su masa por la rosada vía,
Por donde van los hombres, contentos de vivir.

Sentirás que a tu lado caban briosamente,
Que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente
¡Y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el porqué no madura
Para las hondas huesas tu carne todavía,
Tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura:
Sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
Y, roto el pacto enorme, tenías que morir.

III

Malas manos tomaron tu vida desde el día
En que, a una señal de astros, dejara su plantel
Nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él.

Y yo dije al Señor: -Por las sendas mortales
Le llevan, ¡sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
O le hundes en el largo sueño que sabes dar!

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad!
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor.

Se detuvo la barca rosa de su vivir
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!