RUBÉN DARÍO

Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío, nació en Metapa, hoy Ciudad Darío, Matagalpa el 18 de enero de 1867 y falleció en León, el 6 de febrero de 1916. Fue un poeta nicaragüense, máximo representante del Modernismo literario en lengua española. Es posiblemente el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia en la poesía del siglo XX en el ámbito hispánico. Es llamado príncipe de las letras castellanas.

 

LOS MOTIVOS DEL LOBO

El varón que tiene, corazón de lis,
alma de querube, lengua celestial,
el mínimo y dulce Francisco de Asís,
está con un rudo y torvo animal,
bestia temerosa de sangre y de robo,
las fauces de furia, los ojos del mal:
¡el lobo de Gubia, el terrible lobo!
Rabioso, ha asolado los alrededores;
cruel ha deshecho todos los rebaños;
devoró corderos, devoró pastores,
y son incontables sus muertos y daños.

Fuertes cazadores armados de hierros
fueron destrozados. Los duros colmillos
dieron cuenta de los más bravos perros,
como de cabritos y de corderillos.

Francisco salió, al lobo buscó en su madriguera.
Cerca de la cueva, encontró a la fiera
enorme, que al verle se lanzó feroz contra él.
Francisco con su dulce voz, alzando la mano,
al lobo furioso dijo: “¡Paz hermano lobo!”

El animal contemplo al varón de tosco sayal;
dejó su aire arisco, cerró las abiertas fauces agresivas
y dijo: “¡Está bien hermano Francisco¡”

¡Cómo, exclamó el santo!
¿Es ley que tu vivas de horror y de muerte?
La sangre que vierte tu hocico diabólico,
el duelo y espanto que esparces,
el llanto de los campesinos; el grito, el dolor
de tanta criatura de Nuestro Señor
¿no han de contener tu encono infernal?
¿Vienes del infierno?
¿Te han infundido acaso su rencor eterno
Luzbel y Belial?

Y el gran lobo humilde: “¡Es duro el invierno,
y es horrible el hambre! En el bosque helado
no hallé qué comer y busqué el ganado,
y a veces comí ganado y pastor.
¿La sangre? Yo ví más de un cazador
sobre su caballo llevando el azor al puño.
O correr tras el jabalí, el oso o el ciervo.
Y a más de uno vi mancharse de sangre, herir,
torturar, de las roncas trompas al sordo clamor,
a los animales de Nuestro Señor.
¡Y no era por hambre que iban a cazar!”

Francisco responde: “En el hombre existe mala levadura.
Cuando nace viene con pecado. Es triste.
Más el alma simple de la bestia es pura.
Tú vas a tener desde hoy que comer.
Dejarás en paz rebaños y gentes en este país.
¡Qué Dios melifique tu ser montaraz!”

“Está bien hermano Francisco de Asís.”

“Ante el Señor que todo ata y desata, tiéndeme la pata”

El lobo tendió la pata al hermano de Asís,
que a su vez le alargó la mano.

Fueron a la aldea.
La gente veía y lo que miraba casi no creía.
Tras el religioso iba el lobo fiero, y baja la testa
quieto le seguía como un can de casa o como un cordero.

Francisco llamó la gente a la plaza y allí predicó.
“He aquí una amable caza; el hermano lobo viene conmigo;
me juró no ser vuestro enemigo
y no repetir su ataque sangriento.
Vosotros en cambio daréis su alimento
a la pobre bestia de Dios.

¡Así sea! contestó la gente toda de la aldea.

Luego en señal de contentamiento movió la testa y cola
el buen animal y entró con Francisco de Asís al convento.

Algún tiempo estuvo el lobo tranquilo en el santo asilo.
Sus bastas orejas los salmos oían
y los claros ojos se le humedecían.
Aprendió mil gracias y hacía mil juegos
cuando a la cocina iba con los legos.
Y cuando Francisco su oración hacía
el lobo las pobres sandalias lamía.
Salía a la calle, iba por el monte, descendía al valle.
Entraba a las casas y le daban algo de comer.
Mirábanle como un manso galgo.

Un día Francisco se ausentó. Y el lobo dulce, el lobo
manso y bueno, el lobo probo desapareció.
Tornó a la montaña y recomenzó su aullido y su saña.

Otra vez sintióse el temor, la alarma
entre los vecinos y entre los pastores.
Colmaba el espanto en los alrededores;
de nada servían el valor y el arma,
como si estuvieran fuegos de Moloch y de Satanás.

Cuándo volvió al pueblo el divino Santo,
todos lo buscaban con quejas y llantos,
y con mil querellas dieron testimonio
de lo que sufrían y perdían tanto
por aquel infame lobo del demonio.

Francisco de Asís se puso severo; se fue a la montaña
a buscar al falso lobo carnicero,
y junto a su cueva halló la alimaña.

“En nombre del Padre del sacro universo,
conjúrote, dijo ¡oh lobo perverso!
a que me respondas:¿ por qué has vuelto al mal?
Contesta… te escucho.”

Cómo en sorda lucha habló el animal,
la boca espumosa… el ojo fatal.

“Hermano Francisco no te acerques mucho…
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía, y si algo me daban
yo estaba contento y manso comía.
Más empecé a ver que en todas las casas
estaban  la Envidia… la Saña… la Ira,
y en todos los rostros ardían las brasas
de odio, de lujuria, de infamia y mentira.
Hermanos a hermanos hacían la guerra,
perdían los débiles, ganaban los malos,
hembra y macho eran como perra y perro,
y un buen día me dieron de palos.

Me vieron humilde, lamía las manos y los pies.
Seguía tus sagradas leyes:
todas las criaturas eran mis hermanos.
Los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
Hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así me apalearon y echaron fuera.
Y su risa fue como un agua hirviente,
Y entre mis entrañas revivió la fiera,
y me sentí lobo malo de repente;
más siempre mejor que esa mala gente.
Y recomencé a luchar aquí,
a defenderme y a alimentarme;
como el oso y el jabalí hacen
que para vivir tienen que matar.
Déjame en el monte, déjame en el risco,
Déjame existir en mi libertad.
Vete a tu convento, hermano Francisco,
sigue tu camino y tu santidad.”

El Santo de Asís no le dijo nada.
Le miró con una profunda mirada,
y partió con lágrimas y desconsuelos;
y habló al Dios Eterno en su corazón.

El viento del bosque llevó su oración que era:
…”Padre nuestro que estás en los cielos…”

 

CANCIÓN DE OTOÑO EN PRIMAVERA

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
Y a veces lloro sin querer…

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y aflicción.

Miraba como el alba pura,
sonreía como una flor.
Era su cabellera oscura
hecha de noche y dolor.

Yo era tímido como un niño,
ella, naturalmente, fue
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé…

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…

Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía.

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé…
y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe.

Juventud divino tesoro…
¡te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer.

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión,
y que me roería, loca,
con sus dientes, mi corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la primavera
y la carne acaban también…

Juventud, divino tesoro…
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar no lloro…
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura, amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Más a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín.

Juventud, divino tesoro…
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro…
y a veces lloro sin querer…
¡Más es mía el Alba de oro!

 

SONATINA

La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro,
Y en un vaso, olvidada se desmaya una flor.

El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente:
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.

¿Piensa, acaso, en el príncipe de Golconza o de China,
o en el que ha detenido su carroza argentina
para ver de sus ojos la dulzura de luz?
¿O en el rey de las Islas de las Rosas Fragantes,
o en el que es soberano de los claros diamantes,
o en el dueño orgulloso de las perlas de Ormuz?

¡Ay! la pobre princesa de la boca de rosa
Quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar:
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.

Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
De Occidente las dalias y las rosas del Sur.

¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real;
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.

¡Oh, quién fuera hipsipila que dejó la crisálida!
(La princesa está triste, la princesa está pálida)
¡Oh visión adorada de oro, rosa y marfil!
¡Quién volará a la tierra donde un príncipe existe,
-la princesa está pálida, la princesa está triste-
Más brillante que el alba, más hermosa que abril!

-“Calla, calla princesa- dice el hada madrina-
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el felíz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor”

 

A  MARGARITA   DEBAYLE

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar;
yo siento
en el alma una alondra cantar,
tu acento.
Margarita, te voy a contar
un cuento.

 

Éste era un rey que tenía
un palacio de diamantes,
una tienda hecha del día
y un rebaño de elefantes.

Un kiosco de malaquita,
un gran manto de tisú,
y una gentil princesita,
tan bonita
Margarita,
tan bonita como tú.

Una tarde la princesa
vió una estrella aparecer;
la princesa era traviesa
y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla
decorar un prendedor,
con un verso y una perla
y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas,
se parecen mucho a ti:
cortan lirios, cortan rosas,
cortan astros. Son así.

Pues se fue la niña bella,
bajo el cielo y sobre el mar,
a cortar la estrella blanca
que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,
por la luna y más allá;
más lo malo es que ella iba
sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta
de los parques del Señor,
se miraba toda envuelta
en un dulce resplandor.

Y el rey dijo:”¿Qué te has hecho?
te he buscado y no te hallé;
y qué tienes en el pecho
que encendido se te ve? “

La princesa no mentía.
Y así dijo la verdad:
“Fui a cortar la estrella mía
a la azul inmensidad.”

Y el rey clama: “¿ No te he dicho
que el azul no hay que tocar?
¡Qué locura, qué capricho!
el Señor se va a enojar.”

Y dice ella: “No hubo intento,
yo me fui no sé porque;
por las olas y en el viento
fui a la estrella y la corté.”

Y el papá dice enojado:
“Un castigo has de tener,
vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver.”

La princesa se entristece
por su dulce flor de luz,
cuando entonces aparece
sonriendo el buen Jesús.

Y así dice: “En mis campiñas
esta rosa le ofrecí;
son mis flores de las niñas
que al soñar piensan en mí.”

Viste el rey ropas brillantes
y luego hace desfilar
cuatrocientos elefantes
a la orilla de la mar.

La princesita está bella
pues ya tiene el prendedor
en que lucen con la estrella,
verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,
y el viento
lleva esencia sutil de azahar,
tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,
guarda niña, un gentil pensamiento
al que un día te quiso contar
un cuento.